Todo iba bien. El proceso se habría transformado en la película perfecta con el mejor final feliz de todos los tiempos. Pero una falla en el sistema universal, generó la explosión de un millón de colores que viajaron a través de vórtices espaciales y se fueron desintegrando progresivamente en el olvido.
¡Big Bang!. Uno tras otro, los matices perdían vida. Fundiéndose en la nada. Estallando en micro partículas que desaparecían para nunca más volar. Los destellos, fulgores y resplandores se consumían en su propio ardor. Y en un crescendo, el eco del caos invadía los sentidos.
Sólo la fusión de tonos opuestos, era capaz de conservar el material del que estaban hechos los sueños, para lograr que el emisario resista el impacto de la inminente caída. Aunque esto provocaría su automática invidencia.
Nada quedaba por hacer. El instinto de supervivencia fue activado. En medio de fervientes gases y elementos que incendiaban lo que existiera, los astros fueron voyeurs de la cópula que forjó una intensa atracción hacia un destino incierto. Luego de esto, se hizo la oscuridad.
El trayecto terminó. O acaso había empezado. En grave estado, los ojos ciegos bien abiertos no daban con la memoria. Hubo que resignarse y resetear. Como nunca antes, datos imprescindibles para todo androide que quiera estudiar el comportamiento animal de las personas, se encontraban expuestos en abundancia. Pero él no podía observarlos.
Su mundo era opaco. Aunque distinguía vagamente las entrelíneas que habitan en el espíritu de las cosas. O al menos, eso era lo que él creía.
De esta manera, las gamas y combinaciones que tiñen lo que conocemos, parieron a 1RobotCiego. Una máquina que busca con nuevos hechos recobrar lo que perdió. Y que va a decodificar día a día, los próximos 10 años, para convertirse en el último grito de la visión de la realidad.
¡Bon Appétit!.