miércoles, 12 de marzo de 2014

CUENTOS DE LAS 3 DE LA TARDE: MI PRIMER RECUERDO



Ahora está muerto. Pero todos los sábados a la mañana solía oler la caña saliendo fétida de sus poros, impregnándose en el poyví. Mientras él roncaba para volver a la estabilidad. Para volver a pararse y salir. Era el único día que no tenía clase y podía pegarme el lujo de despertarme a las 6 am solo porque yo quería. Sin una hoja de ruta más que mirar dibujitos hasta quién-sabe-qué hora. Osos que pilotaban aviones. Gallinas lidiando con monstruos del pantano y marsupilamis desplegando sus colas por toda la jungla parecían argumentos suficientes para resignar horas de sueño y estar clavado a la misma hora de siempre frente al televisor chino de 14 pulgadas esperando matar mi niñez, sin saber que lo estaba haciendo.

Para llegar al techo, donde él vivía, había que trepar una escalera de madera. Muchas veces, soñé que me caería. Que cuando esté en lo más alto un peldaño se desclavaría o que un viento fuerte o mi propio peso la inclinarían en sentido contrario para que ya no sobreviva para contarlo. También pensaba que cuando llegara la hora de almorzar, alguien podría llevársela y ya no tendría como bajar.

Pero al levantarme nada me importaba. Solo quería estar ahí. Encontrar el control y perderme en lo que sea que esa pantalla tuviera para decirme.

No me calentaba vencer al miedo y a la muerte al subir esos escalones sábado tras sábado. Ni soportar la noche anterior que él había tenido y que ahora infestaba el ambiente. Ni siquiera las hormigas que construían imperios debajo de las tablas que hacían de piso. Mi mundo éramos la tele y yo. Yo y la tele. Uña y mugre. Niño y caja boba de rayos catódicos. Retroalimentándonos mutuamente. Yo aceptando sus mensajes. Ella quedándose con mi conciencia.

Hasta que un día, él no volvió. Su cama estaba vacía. El control no aparecía por ningún lado. Y hasta las hormigas estaban de huelga reclamando mayores subsidios. Mi programa ya iba a empezar. Me desesperé. No estaba en la mesita de luz, ni debajo de la cama y mucho menos dentro del ropero. Estaba arriba. Bien alto. Para que yo a mis 6 años no pudiera alcanzarlo jamás. Igual, después de haber llegado al primer piso, no me iba a detener. Abrí los cajones, uno más estirado que el anterior para subirme en ellos. Me impulsé en el mango de la puertita y cuando finalmente logré mi objetivo, el mundo entero se me vino abajo con ropero y control remoto incluidos. Caí directo sobre la cama que él había abandonado. El polvo y la mugre cubrieron el pánico que sentí en ese momento. Usé toda la fuerza de mi cuerpito de mita´i para zafarme. Bajé por la escalera sin el miedo recurrente de que también se me viniera encima. Y traté de olvidarme durante todo el día del kilombo que armé en ese lugar.

Cuando él llegara, después de todo un día de chupar con el vecino, no le iba a agradar para nada darse cuenta de lo que pasó. Pero eso ya quedó atrás. Porque ahora está muerto.

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